domingo, 15 de mayo de 2011

El libro de las ciudades - Celso Román

Celso Román, "El libro de las ciudades".
Editorial Panamericana. Bogotá, 2009.
Cuando uno -literato formado en las desactualizadas teorías estructuralistas de la (salvo por algunas excepciones) decimonónica Escuela de Estudios Literarios de Univalle, y además, lleno de prepotencias y prejuicios-, escucha la expresión "literatura urbana", suele hacer alguna mueca de desdén y sentir una hinchazón en el espíritu que lo pone bajo cierta predisposición interpretativa frente a quien osa usar semejante término: es decir, uno asume de inmediato que va a decir una pendejada.

A mí particularmente la expresión me hace pensar en primíparos de literatura algo desorientados, de esos que no se quitan los audífonos de las orejas, que tienen un corte a la moda, que se ponen los pantalones de forma que siempre se les vea la parte de encima de los calzones, que hacen ejercicio y se mantienen siempre flacos, y sobre todo, que no han leído un carajo en su vida y sólo opinan estupideces en los cursos; también me recuerda a uno de los profesores más pelmazos que he conocido en mi larga vida de estudiante universitario, uno de esos que abusan de la palabra "posmodernidad" y que rellenan más de la mitad de sus clases con chismecillos literarios para que no se les note la vacuidad de su pensamiento y la flojera de su formación. Sí, ese típico profesor que da cursos de "literatura y ciudad" y que también suele comerse a las estudiantes más pendejas (y buenonas) de los primeros semestres. 

Pero el desdén hacia el universo semántico que implica este concepto tiene razones más profundas y sensatas que las aludidas en los anteriores párrafos. Una de ellas es cierta parte mayoritaria del corpus nacional, y por cierta leve extensión, del latinoamericano, que se agrupa bajo este nombre, los cuales caen con demasiada frecuencia en la superficialidad de considerar que lo urbano en la literatura deriva de ubicar una historia en una ciudad, y de referir en ella nombres de calles, lugares y no lugares, de dibujar personajes pintorescos de la urbe, de imitar sociolectos marginales, y en suma, de describir espacios y motivos citadinos dentro de estas obras. Si bien la ciudad es uno de los temas literarios más inmediatos de la literatura moderna y contemporánea, no basta su mera mención para hacer que una obra pueda considerarse "urbana". Para que se dé este tipo de literatura su representación debe problematizar la ciudad no sólo como objeto literario sino como creación humana, decir algo profundo acerca de las formas de comportamiento, pensamiento y lenguaje que producen las dinámicas urbanas y el modo en que los seres humanos habitan las ciudades, y proyectarse como estructura de la estética y la poética de la obra, condiciones que no cumplen la mayoría de las novelas y colecciones de relatos colombianos que se publicitan y venden con esta etiqueta.

Toda la anterior perorata para tratar de explicar mi grata sorpresa al encontrar una obra de un escritor colombiano que condensa con creces estas características, pero que, además, asume el tema de la ciudad tomando una gran distancia de la "tradición urbana" construida contemporáneamente en el canon literario nacional. Además, el libro se enmarca en esa invención moderna que se llama la "literatura infantil y juvenil" y logra una excelente colección de relatos urbanos "para niños". Se trata pues de El libro de las ciudades del escritor bogotano Celso Román.


Es un libro compuesto por 19 relatos, cada uno dedicado a una ciudad distinta. Las ciudades de los relatos son todas productos extraordinarios de la magia, la maravilla y la fantasía: una  ciudad construída sobre un dragón dormido, otra que decidió construírse con árboles y flores en vez de concreto, una ciudad transparente hecha con cristales diversos, otra esférica y migratoria como el vuelo de los pájaros que le dan el nombre, o una ciudad hecha para ser esplendorosa siempre a las cinco de la tarde, entre otras, componen esta suerte de bestiario en el que las ciudades son el monstruo y el prodigio, la vida y la existencia, son espacio y tiempo, pero también, son prolongación del espíritu del ser humano, de sus obsesiones, contradicciones, conflictos y potencialidades. 


El estilo es otro elemento de valía en el libro. En vía contraria a la mayoría de propuestas literarias contemporáneas del canon hispanoamericano, que circulan y se publicitan ampliamente y están hechas de prosas áridas llenas de velocidad, enumeraciones de hechos, sucesiones vertiginosas de acciones, imágenes fáciles, etc., Celso Román opta por trabajar el lenguaje y escribir un libro para leer con deleite, para saborear la prosa, que invita a hacer constantemente pausas reflexivas, pues el hecho de que sea "literatura infantil" no es sinónimo, para el autor, de literatura "carente de profundidad", un libro que en su sencillez construye imágenes complejas y que se disfruta más si se lee despacio y en medio de un ambiente tranquilo.


Celso Román, de visita en Vernot School, el colegio donde trabajo actualmente.
Sin pretender ser un libro epigonal de la obra de Jorge Luis Borges, los relatos que lo componen, en su mayoría, tienen elementos de artificio típicos de la estética fantástica del gran autor argentino: las ciudades no parecen cuentos fantásticos, sino, sucesos extraños que le ocurrieron a un viajero y que son de difícil comprobación. Algunas fueron ciudades normales algún día, la cuales a raiz de un hecho insólito o común, como el que un poeta haya plantado un geranio en la maceta de su ventana, modifican su forma sustancialmente y toman las proporciones extraordinaras de las que se ocupan los relatos; son ciudades que han evitado ser ubicadas en las cartas hechas por los geógrafos, que han esquivado el aparecer en los anales que registran lo real y lo normal, y que sólo les ha sido dado conocer a viajeros sabios y afortunados; algunas incluso cuentan con relatos propios en las crónicas de las academias de historia, pero han sido excluídas de la fácil ubicación en el universo de lo contingente. Cada relato de El libro de las ciudades carga con una reminiscencia amena -al menos en la manera en que los objetos fantásticos se interpolan con la realidad-, de ese maravilloso cuento titulado Tlön, Uqbar, y Orbis Tertiis con que se abren las Ficciones de Borges, y puede ser tomado como una exploración del recurso de la variación, tan caro al vate argentino. 


También se percibe en los relatos un halo de la fantasía con que contaban los Cronistas de Indias su descubrimiento del nuevo mundo, la forma en que sus imaginarios católicamente fantasiosos descubrían este nuevo continente americano, poblado de maravillas y prodigios. Los epígrafes son dicientes al respecto cuando imitan ese español antiguo, pero también son elementos que contribuyen al artificio de insertar el relato extraordinario como posible en el mundo cotidiano, como se advierte al inicio en caracteres góticos: estas ciudades fueron bisitadas a fines del siglo XX por un abenturero llamado Elías Hoisoi, y también: el autor da fe de todo lo visto, leído y vivido en este recorrido del cual quedan como testimonio los epígrafes que acompañan cada relato. Es un buen ejercicio de lectura reflexionar al final de cada cuento sobre el sentido del epígrafe, el cual siempre multiplica las posibilidades interpretativas de la obra o revela su posible génesis.


Para cerrar, y ya desde mi óptica incorregible y deformada de profesor de literatura (cuando digo que soy profe de lengua sé que estoy siendo un farsante), el libro es maravilloso: nos permite incluir reflexiones sobre la ciudad en estos incipientes habitantes, que tan tempranamente están repletos de los vicios y malas costumbres de sus padres, de sus mayores, de nosotros. Particularmente en lo que tiene que ver con lo ecológico: algunos relatos son elaboraciones ideales de lo que podrían ser ciudades armónicas con la naturaleza, que la cuidan y la respetan; otros son más bien visiones apocalípticas de lo que ocurrirá a las ciudades si no toman en consideración su entorno natural. Pero también hay elementos que aportarían a reflexiones sobre la belleza, sobre el tiempo, sobre la necesidad de sostener una religiosidad en la vida -no de tener una religión, sino de cultivar unos valores asertivos a los cuales dar un caracter ciertamente sagrado-. El caracter y las posibilidades didascálicas del libro, si las alejamos de las tentaciones moralistas (moralejistas), también pueden ser un gran aporte a la lectura.


Otro elemento valioso es la riqueza lexical de la obra: los lectores, adultos y niños, ganamos un amplio glosario para hablar de nuestras ciudades, de nuestras casas, de nuestras cosas, de nuestras vidas, al terminar de leer el libro; una colección de palabras que nos permiten describir con más detalles las esquinas, los enrejados, las diversas arquitecturas, las casas antiguas y abandonadas que nos parecen enigmáticas, los parques, los árboles. Les comparto algunas palabras del lexicón que con mis estudiantes hemos hecho a partir de la lectura de sólo un relato: celosía, biombo, herraje, filigrana, tugurio, garito, armerillo, guarnición, intersticio, penacho, contrito (de contricción), traílla, y aldaba. ¿Cuántos de nosotros frecuentamos al menos tres de esas palabras? Cierto es que probablemente no las necesitemos mucho, que sean otras las que nos exige nuestra vida rutinaria de habitantes de la ciudad, pero cuando leemos un libro lo menos que se espera es que esté hecho con las mismas palabras de siempre. La inusualidad de las palabras es directamente proporcional a la de los objetos que describen, a la del universo que nombran. Por eso me siento feliz cuando mis estudiantes se quedan con estos lexicones, porque con ellos no volverán a habitar sus ciudades usuales, porque con las imágenes leídas los edificios que vean tendrán más misterios, el canto de las aves en los parques se podrá apreciar más profundamente, los colores de la ciudad tendrán más sentido, y sus jardines van a tener un valor distino en sus espíritus, que están cotidianamente más poblados de 'Ipods', 'High School Musicals', 'Facebooks', y 'Pi-es-piss' que de filigranas, garitos, penachos y herrajes.


En suma, otra lectura itinerante que recomendar. Quien la lea y tenga aprecio por algunos elementos de los descritos aquí, típicos y necesarios de la buena literatura, se sentirá satisfecho y contento, tal como yo cada que voy terminando un relato. Un libro para entretener el espíritu y hacerlo feliz por un rato. Y también, una oportunidad para agradecer a Celso Román por darme nuevos elementos para resemantizar el concepto de "literatura urbana", de pensar en cualquiera de sus ciudades ante la presencia del término y no en algunas de las vergonzosas majaderías que escriben sus colegas, y mucho menos, en esa caterva informe y monstruosa que constituyen sus "lectores" y "estudiosos".

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